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Cuatro años y 19 días, por Manuel Turmo

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Cuatro años y 19 días, por Manuel Turmo

Manuel Turmo, miembro de la Comisión de Jueces de la AJFV, comparte su experiencia como opositor.

Cuatro años y 19 días separan el comienzo de mi oposición, en octubre de 2017, del día en que aprobé, en octubre de 2021. Entre medias hubo dos preparadores, tres convocatorias y bastantes horas pendientes de un cronómetro. No tenía antecedentes familiares en la carrera judicial y tampoco llegué a la oposición con una vocación construida desde niño. De hecho, al principio me atraía más la Carrera Fiscal.

Recuerdo que mi primer cante fue desastroso. Muy pronto comprobé que preparar una oposición de estas características exigía aprender una forma de estudiar y de exponer a la que no estaba acostumbrado. Al principio cuesta asumir, sobre todo, que los temas nunca parecen suficientemente aprendidos. Con las vueltas esa percepción va cambiando: se recupera con más facilidad lo ya estudiado, empiezan a aparecer conexiones entre materias y llega un momento en el que uno advierte que sabe bastante más de lo que cree.

Mi oposición estuvo marcada también por tres convocatorias muy distintas. En la primera suspendí el test. Llevaba poco tiempo preparando y asumí el resultado con bastante normalidad. La segunda fue mucho más difícil. Superé el test, pero suspendí el primer oral y aquel resultado me hizo plantearme seriamente si quería continuar. Después de dos años de estudio, volver a casa sabiendo que tocaba empezar otra vez fue probablemente uno de los momentos más duros de aquellos cuatro años. El empuje de mi madre fue decisivo para que continuara.

La tercera convocatoria, sin embargo, la recuerdo casi con una sensación de vértigo. Durante la oposición el tiempo suele transcurrir despacio y las semanas están muy pautadas; en aquellos últimos meses tuve justo la sensación contraria. Los exámenes se sucedían y apenas había terminado uno cuando ya estaba preparando el siguiente. Después del primer oral me hice una fotografía sentado en las escaleras del Tribunal Supremo. La conservo porque recuerdo perfectamente la sensación de aquel momento: por primera vez pensé que el final podía estar realmente cerca.

Al último oral fui acompañado por quien hoy es mi marido. Después llegó el aprobado y, con él, una sensación que no había previsto. Durante más de cuatro años había organizado prácticamente todos mis días en función del tiempo disponible: horas de estudio, descansos, temas, repasos y, por supuesto, los minutos de cada cante. De pronto tenía todo el tiempo del mundo y no sabía muy bien qué hacer con él. La costumbre llegó hasta el punto de que durante una temporada continué midiendo mentalmente cuánto tardaba en hacer cosas absolutamente cotidianas. El cronómetro había dejado de ser necesario, pero tardé bastante más en dejar de llevarlo en la cabeza.

Quizá por eso, cuando recuerdo la oposición, tengo una percepción extraña del tiempo. Cuatro años pueden parecer interminables cuando uno está dentro y, sin embargo, hoy los recuerdo como una etapa muy concreta de mi vida. Hubo tres convocatorias y en cada una llegué un poco más lejos: primero el test, después el primer oral y finalmente el aprobado. Pero esa progresión solo resulta evidente al mirarla ahora hacia atrás. Después del segundo suspenso, desde luego, yo no la veía así.

Si algo tengo especialmente presente de aquellos años es precisamente ese momento. Yo estaba dispuesto a plantearme seriamente dejarlo y mi madre insistió en que continuara. Por fortuna, le hice caso. Todavía me quedaba una convocatoria y algunos de los meses más intensos de aquellos cuatro años y 19 días.

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