Natalia Rubio, miembro de la Comisión de Jueces de la AJFV, comparte su experiencia como opositora.
Una tarde de sofá en un piso compartido, ya en la Escuela Judicial, encontré en un disco duro un Power Point que hice en tercero de la ESO, para la asignatura de imagen y comunicación. El trabajo era para hablar sobre nosotros. Familia, amigos, música, futuro, sueños…Tenía 15 años.
El trabajo era descaradamente cutre, nunca se me dieron bien las manualidades y sigo pecando de falta de imaginación artística.
De la forma más despreocupada, al lado de la página en la que imaginaba mi mayor logro, como era ir al festival de techno más grande del mundo, Tomorrowland, ahí estaba la frase: “De mayor quiero ser jueza”
Cuando contemplé la imagen, tan típica, del mazo al lado de la palabra “Jueza”, ni siquiera recordaba haberla escrito; aunque el sueño de ir a Tomorrowland, curiosamente, no había desaparecido nunca de la amígdala.
En 2023, con 26 años, tras cuatro años de universidad y tres de oposición, allí estaba. Había conseguido lo más difícil de mi Power Point. A regocijarme en el techno iría dos años después y me lo tatué en la piel. A perpetuidad.
El trámite previo a ser juez lo describiría con la palabra intensidad.
Para mí la oposición ha sido una buena canción de techno. Los Beats marcando los tiempos, con periodos estables, bajos, hasta la elevación y el éxtasis como colofón, al conseguir el ansiado aprobado.
Soy consciente de que, para la mayoría, la oposición no es algo que se recuerde con agrado. En mi caso, llámalo suerte, dicha, destino o azar, no fue así.
No tengo familiares cercanos, ni tampoco lejanos, que se hayan dedicado al mundo del Derecho. Ni siquiera alcanzaron estudios universitarios y fui la primogénita, en una casa de 5 miembros, que cursó estudios superiores. Madre, ama de casa, trabajando desde los 12 años, cuidando a los hijos de familias adineradas junto a mi abuela. Padre, matachín en la carnicería de sus padres y peón en una empresa constructora desde los 16 años, que empezó haciendo vigas de hormigón.
Por esa razón, cuando elegí Derecho no lo hice por vocación y, menos aún, cuando decidí opositar. Era una idealista y lo sigo siendo. Lo hice por un sentimiento de justicia. El concepto de justicia y equidad que hoy preside mi trabajo.
Y para que mentir, también elegí opositar para aspirar a una vida mejor y más cómoda que la de mis predecesores, por ambas líneas.
Nunca conocí a nadie de mi alrededor que opositara, desconocía la existencia de foros de opositores hasta que entré a la Escuela Judicial, no sabía cómo se llamaban los libros para preparar, nunca vi orales de otros opositores en el Tribunal Supremo, fui la primera y única alumna de mi preparador y no tenía a nadie con quien compararme. Iba a ciegas.
Mi única ventaja era mi carácter y mi capacidad para memorizar, que ya se vislumbraba en el colegio cuando recitaba Platero y yo. Aún conservo el recuerdo de verme con 10 años, delante de esa pizarra verde, el olor a tiza y mi voz diciendo: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”
Tras acabar la carrera, en junio empecé a buscar preparador. Casualmente, me inclinaba en ese momento por fiscalía y no judicatura (hasta que mi querido Pepe me convenció) y, a través de un profesor de la universidad, contacté con un preparador. Recuerdo esa entrevista con extrañeza. Me preguntó por mi nota media de la universidad, la cual no era excelente, ni mucho menos; y si venía de la pública o de la privada, curioso también.
No pudo acogerme entre sus opositores porque tenía muchos. Este me derivó a otro, que tampoco tenía sitio y, finalmente, acabé con la persona que necesitaba. Los tres forman parte de esta asociación y, con dos de ellos, mantengo una relación más cercana y especial. Estaría predestinada a ser vitorina y lo desconocía. Siendo de Murcia, era difícil elegir otra.
El preparador es esencial, como una mesa de mezcla de DJ; pero el que crea la música es el opositor. Es alguien con quien tienes que encajar, un punto de apoyo, enseñanza, comprensión; pero también de exigencia. Esa química tiene que existir, aunque suene utópico. Y para mi, lo más importante: es el preparador quien debe adaptarse a las necesidades del opositor, a su forma de estudiar y avanzar, con un mínimo que es innegable que tenga que existir. Si no te gusta, cámbialo, sin que tiemblen las piernas.
Una oposición de este calibre requiere fidelidad, perseverancia y amor propio. Ese amor propio que sirve tanto si decides continuar, como ponerle fin sin haberlo conseguido; porque la realidad es que no todos lo consiguen y es algo que se tiene que tener presente.
La meritocracia no siempre funciona, es así; y quien diga lo contrario miente. Si fuera cierto, todo el mundo aprobaría la oposición.
Esto no es desalentador, es realista. Cualquiera puede conseguirlo, da igual de dónde vengas, pero no todos lo consiguen. Las circunstancias importan.
No hay un sistema de oposición que funcione al unísono. Cada persona es diferente, más diurnas, más nocturnas; basta con ser consciente de tus virtudes y carencias, exprimir tus aptitudes más valiosas y combatir las limitaciones. En mi caso, mi poca estima al dormir me facilitaba levantarme a las 4:45 de la mañana; pero, sin embargo, desconozco lo que es estudiar más allá de las seis de la tarde.
Siempre tuve presente la opción de no llegar a conseguirlo y opté por una visión de la oposición como complemento. Ocupó gran parte de mis horas, pero no dejé de vivir; ni mucho menos encabezaba la lista de mis prioridades. Adapté el estudio a mis fortalezas, jamás estudié más de 8 horas diarias, salía todos los fines de semana, quedaba con amigas para tomar café, hacía deporte, sucumbía al capitalismo comprando ropa, leía libros y disfrutaba de mis vacaciones.
Si era consciente de que una hora, a un rendimiento mínimo, me iba a suponer tener que volver al mismo tema al día siguiente, no estudiaba esa hora; hacía otras cosas, de todo, menos tocar un mísero apunte. La mente tiene límites y cuando llegaba al mío, paraba. Trabajo mal hecho significa doble trabajo al día siguiente.
El verano anterior a aprobar el segundo oral, salí todos los fines de semana de julio y agosto. Mis amigas y yo lo denominamos “bendito verano”.
Cantaba los lunes, por lo que domingo era mi día de repaso y sábado, a partir de las 12:00, mi descanso oficial. Conocer mis ritmos de sueño, estado anímico o lucidez mental, me hacía ir adaptando el estudio a las circunstancias. Esto me permitía salir los sábados de tardeo, saber cuándo parar y tener la fuerza de voluntad de levantarte un domingo a las 7 de la mañana, después de haber dormido cinco horas.
Mi consejo, para todos aquellos a quienes les ronda el gusanillo o para los que ya estéis inmersos en la oposición, es que adaptéis el sistema a vosotros mismos. No hay nada mejor ni peor; quien sea capaz de estudiar 10 horas diarias, a pleno rendimiento, maravilloso, os admiro porque yo nunca fui capaz. Y quien sea capaz de estudiar solo 5, es igual de válido, exprimir ese margen. Pero no os engañéis, sed sinceros con vosotros mismos, valorad el descanso y la diversión al mismo nivel que el estudio y no perdáis el tiempo con horas inservibles.
En mis descansos opositando, en el deporte, en el metro y funicular de camino a la Escuela Judicial y cada día de camino al trabajo, me acompaña el techno, a máximo volumen en el coche (tal vez por eso esté un poco sorda). La gente de mi alrededor me tacha de loca por escuchar semejante barbarie a las 6 de la mañana, pero para mí es un ritual de concentración; me relaja y focaliza a partes iguales e incluso, poniendo Sentencias, retumba en mis oídos la diosa del ácido, Charlotte de Witte. Buscad aquello que os aliente a seguir.
La oposición puede ser un viaje maravilloso si sois capaces de veros tal y como sois. Puede convertirse en Opus de Eric Prydz.
