-Córdoba… ¿Me has llamado?
Izado mi envejecido tronco, desempolvado y extraño, resucito desde la lápida que es la Distancia, pero apenas abiertos los ojos algo me ha abrazado.
Es un ciprés que inexplicablemente me está hablando al oído, con un acento paternal reconocible, de vocales tan abiertas como mandíbulas desencajadas.
-Sí, te acompaño.
Juntos abandonamos el camposanto de San Rafael, donde yacen tantos y tantos padres que fueron de otros.
Su mano rugosa, cálida y firme, la mía temblorosa y fría, emprenden a pie, con sonido de tambor y entre cantos de rana, junto al río, una trayectoria que presiento.
Me lleva a la Casa del Ciprés, que encierra solo algunas de tantas joyas históricas algo disimuladas pertenecientes a la Córdoba escondida, si es que hay otra que no lo esté…
La sombra del ciprés es alargada, como escribió Delibes, y yo, callando extensamente a mi alma, escéptico y paciente, siento renacer mi senequismo, en el que desemboca mi vida cuando renazco en mi ciudad, y del que huye cuando la abandono.
Séneca está por todas partes, por dentro y por fuera de tantos humanos con quienes me cruzo, y me impide no dudar de todo, incluyendo si debo seguir de la mano del árbol de la muerte o separarme de él. Aceptarlo será saber sufrir, aunque a la vez siendo consciente de su porte esbelto y naturaleza atemporal.
Esbelta e infinita eres tú, Córdoba, silente, misteriosa y oculta, profunda como las calles de la Judería, y asomada a la historia con sabiduría y perspectiva.
Me transformo en rama de ciprés, me adoso a su elegancia inmortal, y respiro una fragancia luctuosa que me anuda a un espíritu infinito.
Han pasado veinte minutos y emerge por fin, hacia y desde mí, el sentido del humor particular de esta tierra, “feria de los discretos” que escribió Baroja.
Discreto, inteligente y casi insonoro humor, que brota de fachadas humanas que a veces semejan barrotes de una celda cómoda e inmensa, más bella por dentro, hasta alcanzar lo sublime en lo estético, si te dejan penetrar…
Si te dejas, durante el camino rozarás el excelso muro y te bañarás en el gran río, tras caminar por la llanura y gozar contemplando a la sierra morena, gongorina Flor de España…
En esta ruta de niebla y parca desde la que solo respiro nostalgia, brotan de mí hojas casi azules de otoño, que abren la puerta a un atardecer inmenso desde el Puente Romano.
Mi ciprés y yo, ya ciprés, nos asomamos a la otra orilla del Guadalquivir, desde la que la belleza tranquila de Córdoba te dejará pensar lejos del bullicio, antes de conocer las iglesias fernandinas, y, transcurridas unas horas, amenazarás al cuello con un desgarro físico y emocional bajo una cúpula nervada califal.
La conífera complaciente y salvadora me percibe embriagado cuando me adentro en las miradas de la fémina cordobesa que como nadie supo captar el gran Romero de Torres, reivindicando desde el pasado la declaración de la mujer de esta tierra como su quinto Patrimonio de la Humanidad.
Llega la noche, y tras beber agua de la Fuente de la Piedra Escrita, me detengo ante la estatua de Mai-mónides, el gran conciliador del pensamiento aristotélico y los textos bíblicos, escultor de nuestra civilización casi doce siglos después del cordobés Séneca, y casi coetáneo de Averroes, que también fue juez de esta tierra.
La estatua del suicida Séneca, junto a la Puerta de Almodóvar, nos lo exhibe redivivo y firme, en pie, sereno y togado, y las de los otros dos tejedores de la idiosincrasia cordobesa nos los muestran sentados.
Ante los tres, este romano, cristiano, judío y moro, se arrodilla, para agradecerles que me hayan nutrido, con su filosofía, de paciencia, tolerancia y amor por el mundo.
Acaba mi regreso. Manolete pliega su capote en la Plaza del Conde de Priego, los jardines del Palacio de Viana ven caer sus hojas mientras me alejo, el Gran Capitán agita su cabeza blanqueada para despedirme en las Tendillas, y, finalmente, descubro una nueva imagen de bronce, perteneciente a otro cordobés universal.
Antonio Gala me mira. Yo a él también.
Me habla, como el ciprés por la mañana, para recordarme que, de todos los cordobeses que he nombrado y ensalzado, él es en realidad el único que no lo es.
-No importa – le digo.
-Nadie es de ningún sitio. Todos somos de todos.
Bajo la lluvia escasa y tímida, ya de vuelta a la Distancia, esbozo una sonrisa orgullosa, fruto de una conciencia casi incontenible que me arrastra al final de un día maravilloso.
Soy cordobés, juez y vitorino. Respiro y amo.
¿Qué más le puedo pedir a la vida?
Compartamos la belleza, los afectos, la profundidad y los sueños. Para eso existimos.
Bienvenidos a Córdoba.
